los lunares de la paz

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Somos lo que hacemos con lo que nos pasa. La célebre artista japonesa Yayoi Kusama creció entre los viveros de su familia en Matsumoto, Japón. Solía llevarse un cuaderno allí para dibujar semillas y plantas. Hasta que un día de 1939, cuando tenía 10 años, levantó la vista y alucinó: “Todas las violetas me hablaban”.

¿De qué se escapaba Yayoi Kusama con las flores parlantes?

Una familia tradicional, de provincia, en un país semi feudal, aliado de los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Una madre que la obligaba a espiar los encuentros sexuales de su padre con geishas y contárselos para luego castigarla. “Una bazofia”, como la definió. Más abusos. Dolor.

Como sea, desde entonces, Yayoi Kusama transformó sus alucinaciones en realidad y su realidad con las alucinaciones. Creó La red infinita, como llama a su obra aplaudida en el planeta (y muy bien cotizada) y como tituló a su autobiografía.

¿Por qué una red infinita? Yayoi Kusama produjo compulsivamente, series, patrones, dentro y fuera de los marcos. Lunares sobre cuerpos desnudos, calabazas gigantes, salas de espejos, “campos de falos” de tela. Incluso, diseños para marcas top. Refugios de pinta alegre, en general de aires pop, para la fantasía que la salva.

Hay otra pieza suya, menos popular y estridente, que resume esta idea de otra forma hermosa: una caja cerrada que se expone en la oscuridad para que brillen lucecitas, a modo de estrellas.

Algo así como una galaxia propia, para mirar sin apuro, como se recorren los templos japoneses, atentos al frío de la piedra y las sombras de los árboles, entre las lámparas de papel.

De Yayoi Kusama impactan, al menos, dos cuestiones más. Una, su lucidez desde el infierno. Tras escuchar hablar a las violetas, supo que sería “incapaz de decidir si aquello había ocurrido de verdad o si había sido tan solo alguna clase de sueño».

Usó su enfermedad para crear pero nunca la romantizó. Al contrario. La reconoció y trató de sobreponerse a ella. De hecho, tras huir de Japón a Estados Unidos en 1958 (luego de los bombardeos nucleares), y relacionarse con la pintora Georgia O’ Keeffe y con Andy Warhol, volvió a su país natal en 1973, mal, y decidió vivir en un psiquiátrico. En marzo cumplió 96 años en ese lugar, donde empezó a escribir poemas.

Por estos días se está preparando una mega muestra de Yayoi en Basiela, Suiza. Muchos recordarán la que expuso Malba en 2013. El canadiense Philip Larratt-Smith, por entonces vice curador jefe del museo, explicó: “Cada lunar de Yayoi Kusama es un rostro en el cosmos y expresa para ella un deseo de paz”.

Esto da lugar a una cuestión más (tal vez la lista de cuestiones sea tan infinita como su red). También la señaló ella: “Si en medio de esta sociedad inundada de mentiras y de locura has conseguido aproximarte un solo paso más al impresionante resplandor de tu propia vida, la huella que dejarás es la de alguien que ha vivido realmente como un ser humano”.



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